Los Sepelios en mi Tierra
Que algunos llegan hasta más de los cien años. Otros se van después de los sesenta y algunos como que se adelantan, y emprenden su viaje en la infancia, en la juventud o en plena época de producción. Es cierto que la gente de todas maneras tiene que morirse algún día y como decía mi Viejito: “Quien de joven no se muere, de viejo no se escapa, así se esconda”, son situaciones que nos llaman a reflexión.
Yo me acuerdo cuando una persona se moría allá en mi tierra bendita de Chachapoyas. Casi todos nos enterábamos de lo que sucedía por el comentario de los vecinos, o si no eran las campanas de las Iglesias con sus repiques de rogativas a las seis de la tarde, a la hora del rezo del santo Rosario, cuando nos anunciaban con sus tañidos lúgubres de pena y recogimiento, que aquel “Quellamito” que estaba enfermo, ahora ya descansaba en Paz.
En la puerta de la casa del difunto, era clásico ver el farolito en señal de duelo y adentro en la sala, todos los cuadros y los espejos desaparecían, o se los cubría con una cenefita negra, o se los volteaba de cara a la pared. Se sentía el olor al incienso, a las velas de cera de Castilla, de las azucenas y cartuchos colocados en grandes jarrones en los cuatro costados del ataúd de pino, hecho casi a pedido por don Noe Santillán o don Carmen Valdivia.
La capilla ardiente con tules y cortinas eran celosamente decorados por los curiosos de nuestros tiempos. Se veía la mano de mi compadre Molinari o el gusto refinado de don Eramisto o la elegancia mística de don Gilberto, los cuales se esforzaban por transmitirnos el sentimiento de dolor que agobiaba a la familia. Un crucifijo muchas veces prestado de alguna Capilla, se encontraba a la cabecera del féretro y en la parte opuesta en lo que corresponde a los píes, no faltaba el reclinatorio donde los mas piadosos se arrodillaban a rezar un Padrenuestro y una Ave María por el alma del difunto, rodeado por coronas de flores de rosas y claveles generalmente blancos, prendidos con espinas de ancocashas en armazones de yesca y carapas de chancaca, confeccionados hábilmente por doña Beachita o por las Cuevita o doña Carolina Burga.
Las noches del velorio, con el cuerpo presente luciendo la mortaja con cordón, detente y escapulario de la Virgen del Carmen, duraban tres días y allí se escuchaba el gemido de los dolientes que cubiertas toda la cabeza con mantas de seda o de gasa negra se mezclaban con el llanto de las plañideras que exageradamente y con un tonito que no lo olvidaré jamás, se encargaban de contarnos, como en una novela, toda la vida y los milagros de nuestro ser amado. A las nueve de la noche, mi tía Elenita, o una de las Montecitas o alguna otra santa mujer se encargaban de rezar el Rosario y las letanías de orapronobis, que siempre duraban casi una hora, era mas que suficiente para que las vecinas sentadas en pequeñas alfombritas o petates en medio de la sala, de rato en rato cabeceen, rendidas por el sueño.
Después del rezo venía el café humeante servido en tacitas de loza y con sus rebanadas de cemitas o pambazos de doña Melchora Angulo. Los caballeros tomaban sus copitas de capitán y de mistelas y lo mas machos, enfundados con sus ponchos y sombreros en un rincón del patio, saboreaban su aguardiente de Mendoza y esperaban que arme su bolo de mishquina, entre chistes y cuentos de muertos, para pasar toda la noche en vela, esperando el caldo de gallina a las seis de la mañana.
El día del entierro, salía de su casa el ataúd en hombros de sus familiares más cercanos encabezados por un grupo de niñitas vestidas de blanco, con zapatitos de charol y medias cubanas que llevaban las coronas y los ramos de flores y las cintas del cajón eran entregadas a las personas más notables ataviadas con terno, chaleco y corbata que tenían que salir en la foto tomada por don Miguelito Reyna, don Calixto Herrera, don Augusto Jiménez y mas recientemente por don Ubicho Cabañas. Se decía una misa de cuerpo presente, generalmente en la Catedral o en la Capilla del Señor de la Buena Muerte, donde el sacerdote con sus hábitos de color negro y bordados de plata y oro, ponían el marco solemne en medio de los cánticos en latín y el sonido del melodio que tocaba don Emilio bizco, que casi siempre estaba de acuerdo con los enterradores a los que les daba tiempo para que terminen de cavar la tumba de más o menos metro y medio de profundidad en la tierra roja y aguachenta del Panteón, con el entusiasmo que les daba la chicha de pata de doña Preshe.
En el momento del sepelio, uno que otro se animaba a decir una oración fúnebre para recalcar las virtudes del difunto y después del responso de rigor se procedía a tirar las coronas sobre el ataúd, en medio de las lágrimas y los llantos de los deudos y antes de que los enterradores procedan a tirar mazo sobre la tierra movida, se retiraban los familiares, sin antes haber invitado a los mas allegados para que vayan a tomar un platito en la casa del difunto, donde doña Lolita Santillán, en estos acontecimientos especiales, se lucía con su caldo de albóndigas y su segundo de carne mechada jugosa con su hoja de lechuga, y su arroz graneado acompañado con abundante purto mote, servido muy cortésmente por don Moshico que hábilmente llevaba en cada mano tres platos sin derramarlos.
El velorio continuaba por diez días, al término de los cuales se decía una misa fúnebre. Los muertos casi todos eran nuestra familia y su ausencia lo sentíamos con dolor en el corazón y pienso que las almas entendían nuestra pena y permitían que entre nosotros hallemos consuelo en su partida.
Actualmente, en la Lima que nos cobija, tenemos que llegar pronto a los velatorios de las Iglesias, antes que cierren las puertas a las diez de la noche y tener mucho cuidado que alguno de los deudos, entre su dolor, nos vean y así poder cumplir con nuestra presencia para que no se resientan. Los que vivimos en la Capital, añoramos los sepelios de nuestra tierra donde se respiraba sentimiento y afecto a flor de labios y algunos como yo, quisiéramos morirnos a la sombra del Pumaurco, enterrarnos en el Cementerio, al final del Jirón de la Unión y que sobre mis restos crezcan rosas y claveles, shilshiles o malas yerbas y aunque se convierta después, en una tumba olvidada sin nombre ni cruz de recuerdo, el solo saber que estoy entre los míos, sea más que suficiente para estar como en el Paraíso.
Jorge REINA Noriega, Cirujano Plástico,“AYÚDAME A AYUDAR”