La pared caída
En la esquina del Tajamar con el jirón Ayacucho, hace muchos años había un chorro de agua que salía de una piedra ovalada de color negro y donde los muchachos de mis tiempos llenábamos las cabacinas y nuestras jeringas de carrizo con bitoque de trapo, en los días de carnaval, cuando estos duraban cuatro días y era la fiesta de alegría del pueblo y de las noches de serpentinas, los chisguetes de éter de Amor de Colombina y Amor de Pierrot, de antifaces y disfraces de dominó, de fiestas con lámparas Petromax y de los salones entablados lustrados con petróleo blanco y sillas de Viena con esterilla.
En esa esquina eran vecinos don Victiliano Zelada, mi primo Pepe Reina que compró la casa a don Ramón Villavicencio, papá de Delia y de nuestra compañera de promoción Lolita, causante de cientos de piropos y de noches de insomnio. También era vecina doña Rosita Santillán que es inolvidable por sus pambazos y sus molletes, don Benigno Urteaga, un hombre alto casi siempre con su terno negro, chaleco, sombrero de paja a lo pradillo y con un carácter inolvidable que cuando encontraba a alguna persona con mal genio, en son de broma le ofrecía “una mucha”. Don Arturo Bonifaz y don Eloy Vargas compartían una casa solariega, de dos pisos, de portón ancho, con un patio con geranios y jazmines donde las Varguitas, un grupo de lindas muchachitas lucían su encanto y su belleza y en las noches de luna cuantas veces escondidas a través de sus cortinas tejidas a crochet seguro que escuchaban serenatas de guitarras, mandolinas y violines.
El ingenio de los bohemios de esos tiempos dieron el nombre a una cantinita de doña Hortensia Jiménez como La Pared Caída, que en sus inicios estuvo de tras de la casa de don José Chávez Mori, en la calle de La Merced, por los años 1947 y era el lugar de reunión de amigos entrañables como Calixto Herrera, Hernán Arana, Hortensio López, Antonio Noriega, Víctor Santillán, Guillermo Gamarra, Antonio Bobadilla, Luis Rojas, el compadrito Meléndez y otros personajes que ahora escapan a mi memoria que entre chascarros y chistes de la época pasaban gratos momentos de solaz esparcimiento, recordando aventuras y anécdotas que solo queda en el recuerdo de los pocos que todavía sobre viven.
Al inicio de los años de 1950, La Pared Caída se trasladó cerquita de la calle del Tajamar, por donde una noche lo persiguieron los gendarmes al aprista Chávez Vargas que se escapó cuesta abajo, camino al Huayco escondiéndose entre los marcos, las chilcas y los shilshiles y jamás fue encontrado. La Pared Caída se convirtió en el lugar preferido de aquellos que deseaban comer juanes, tamales, tucsiches, piqueos de cecina con purtumote y saborear una rica chicha de jora con pata de vaca o de sus mistelas y compuestos que se exhibían en sus mostradores en botellas de diferentes colores. Quien no recuerda el piso de tierra pulcramente barrido con retama y copiosamente regada para que no se levante el polvo, donde discutían entre trago y trago don Arturo, don Melchor, don Isaac, don José María, don Samuel los casos que se presentaban en los Juzgados de la Ciudad, de vez en cuando interrumpidos por don Luis Toribio, don Rosendo, don Lucas y el Riverita mientras otros jugaban tejas y chapas en el corredor que daba donde vivía don Heli Olascoaga y doña Grimanesa Ramos, en la casa de doña Meshita, hermana de mi comadre doña Elvira Durango de Caro.
Seguro estoy que mi compañera Olindita Torrejón debe tener en uno de sus baúles de cuero con remaches de botones y aldaba el cuadro dibujado por don Alfredo Salazar, cariñosamente apodado “Cara fea” y que con gran arte plasmó para la posteridad los personajes que acudían a la cantina, aquellos a los que se les pasaba las copitas o que dormían una siesta adormecidos por los tragos que los elevaban al paraíso de los sueños.
Ayer no mas tuve la suerte de entrar con mis compadres Conrado Tuesta, Pablo Mori y David Guevara al snack bar de Luis Torrejon Jiménez, hijo de don José Mercedes y de doña Hortencita, frente a lo que fue La Pared Caída, donde siguiendo la tradición se atiende, con la música del acordeón de mi compadre Chinche, con algunos ricos potajes de nuestra tierra, pero ahora con café ya no cernido en bolsa o en media y endulzado con chancaca o servido en pate, sino Nescafe en tazas de plástico con cucharitas de te y servilletas de papel. Ya no hay chicha de jora ni mistelas, ni tucsiches, ahora hay chelas, gaseosas de la costa, wisky y champán con bizcotelas.
Que diría ante este espectáculo don José Mercedes, papá de Lucho, el zapatero que hacía los mejores calzados de la Fidelísima, disputándose la calidad con el maestro Carrión, a quien lo sacaba ventaja porque confeccionaba los zapatos de charol y Luchito era el que los entregaba a las damitas distinguidas de la sociedad y de donde viene su apodo de Charol,…… espero que no se enoje y reniegue por el recuerdo de su apodo y no vuelva a llorar como cuando el Milico lo ganaba sus bolas de cristal y sus caramelas o le daba el melo mas fuerte en el salta carnero con sus coquitos aperillados.
La Pared Caída marcó una época en nuestra tierra, no tenía el lujo de los locales de doña Sarita Angulo, doña Marcia Vásquez, don Celcito Eguren, de la Shofi, de la Piguincha o de doña Mechita Vigil, pero sus paredes pintadas con pellejo y tierra blanca guardaban historias que no se escribieron, guardaban el eco de las voces con sabor a leyendas, a cuentos y misterios que se perdieron en la bruma de nuestros pensamientos y su piso apelmazado infinidad de veces también se regaron con lágrimas de amores imposibles o de desengaños y hasta ahora se siente como el instante efímero que dura un suspiro, la nostalgia de una piel canela que se fugó de la vida, esfumándose como el agua entre las manos y persiste en el tiempo de la misma forma que una rosa roja que perfumó el silencio y se convirtió en una ilusión perdida transformada en recuerdo.
Jorge REINA Noriega, CIRUJANO PLASTICO, “AYUDAME A AYUDAR”