Don Anselmo, el pordiosero
Uno de esos pueblitos enclavados en las faldas de un cerro, a donde se llega en un lento y pesado camión Ford, en las épocas que no llueve, o la mas de las veces a pié o a lomo de mulo, con sus casitas con techos de paja y alguna que otra con tejas o calamina, paredes enlucidas, con puertas sin candados o armellas, y casi todas con sus huertas sembradas con maíz, frijoles, alverjas y todas con sus cercos de pencas y ancocashas, con portillos por donde las vacas y los chanchos de los vecinos entran a hacer daño o a comerse la alfalfa o el nudillo.
Este pueblito donde casi todas las personas se conocen por sus nombres, tiene su placita con su kiosco donde se hacen las retretas de los días domingos después de la misa de doce y a donde asiste el señor cura, con el teniente gobernador, el sanitario y el comandante de puesto y las personas más notables, que son las que tienen mas vacas y caballos en sus potreros.
Allá no sabemos como demonios, uno de esos días de fiesta, apareció don Anselmo, un viejito que no se sabía cuantos años tenía, pero que fácilmente estaba por encima de los 80 y picos, con pelo y barba blanca, que se ayudaba con un bastón de caña para poder caminar, porque era cojo y a través de sus llanques, se veía sus pies llenos de llagas y niguas, tenía un pantalón de dril viejo y rotoso, con parches en las rodillas, una camisa de tocuyo rayado, su chompa morduroy, un ponchito con flecos todo raido y desteñido con un sombrero de paño color plomo con el cual pedía limosna en la puerta del mercado.
Al comienzo despertaba repugnancia, pero con su mirada triste, su sonrisa y su agradecimiento de Dios se lo pague, a todo aquel que le daba un doble, o los mas prosas y ostentosos lo tiraban un medio de níquel o una peseta, se fue ganando el corazón de la gente y de poco a poquito, muchas personas caritativas hasta le regalaron un colchoncito de paja y una frazada color tigre para que pueda dormir en la puerta del mercado.
Todos los días a la hora del rezo, que era a las seis de la tarde y cuando la gente ya había salido de la iglesia, don Anselmo entraba arrodillado hasta el mortero del agua bendita, se santiguaba, miraba la imagen del Cristo doliente, lleno de corazones de plata por los milagros concedidos, cerraba sus ojos y por sus mejillas rodaban gruesas lágrimas que los secaba con el puño de su camisa, se acercaba a una alcancía, hacía como que lo tanteaba el peso y lentamente volvía a salir del templo, mirando siempre a soslayo que nadie lo descubriera.
Esta actitud despertó la sospecha del tayta cura del pueblo, quien para probar que el viejo era un pícaro y ladrón, le tendió una trampa y una de esas noches en las que solo las velas de espelma alumbraban el recinto, dejó a propósito un sol de nueve décimos allí cerquita al mortero del agua bendita y vio entonces como el viejo de marras agarró el sol de nueve décimos, lo puso sobre su pecho y lentamente se dirigió hacia el lugar donde estaba la alcancía que decía “Un pan para los pobres” y allí depositó la moneda que había encontrado.
El cura y los tontos útiles que lo acompañaban salieron detrás del altar del Señor de la Justicia y lo cogieron del cuello al viejo sin vergüenza y ladrón, lo samaquearon, lo alzaron en alto, lo tiraron al piso, lo patearon, el bastón rodó por los suelos y don Anselmo, con esa voz que sale del alma, clamó y dijo: “No me pegue tayta cura, no me maltraten, no me hagan daño hombres buenos,…. yo no vengo a robar, solo vengo a pedir a Cristo que cuide de mis nietitos huérfanos, porque los cumpas lo degollaron a sus padres, y todas las noches vengo también a poner una monedita en la alcancía que pide una limosna para el pan de los pobres y tengo la esperanza que lejos arriba en la puna, ese pan sino es de trigo o cebada o cuando menos en forma de oración, también los pueda llegar a ellos, porque yo ya no tengo fuerzas para poder trabajar y tengo la seguridad de que Dios existe para todos y no nos olvida”.
Todos los que lo juzgaban a don Anselmo, cayeron de rodillas, no tuvieron valor de mirarse a la cara unos a otros, alzaron la mirada al Cristo clavado en su cruz, y posiblemente muchos de ellos, como tantos de nosotros, somos los que ayudamos a clavar la lanza en el costado de su divino cuerpo y nos olvidamos que Cristo es un Dios vivo que habita dentro de nosotros y es a El en espíritu al que debemos de alimentarlo y hacerlo crecer cumpliendo su mandamiento de amor al prójimo.
Don Anselmo, el pordiosero, no pudo resistir los golpes, está enterrado en el panteón del pueblo, con una cruz sin apellido o tal ves Dios se lo llevó, porque él como tantos cristos del alma, había cumplido su misión en la tierra, había dado una lección de vida porque muchas veces juzgamos a los hombres por su apariencia física, nos engañamos con los trajes que llevan y no somos capaces de mirar en el interior de sus corazones.
Aprendamos a amarnos, y empecemos por nosotros mismos, seamos la materia prima para tener un pueblo y una nación mejor, seamos conscientes que andamos en un sendero de espinas y flores y que el solo hecho de regalar una sonrisa o una palabra amable es como ofrecer una rosa que calma y perfuma con su fragancia.
Jorge REINA Noriega, CIRUJANO PLASTICO, “AYUDAME A AYUDAR”