Nosotros somos Capaces de Todo
Tiembla la tierra, ruge y se convulsiona, los techos se caen, los enlucidos, los cielo rasos se van por los suelos, las paredes se agrietan, los estantes, los roperos, las sillas, las mesas se mueven como guiñapos, ruedan los libros, los adornos, las tazas, los platos y las ollas, las tejas caen como proyectiles lanzados por una mano poderosa.
El temor, el miedo y el pánico se apodera de nosotros, los gritos de las mujeres y los llantos de los niños, golpean nuestros tímpanos y en el medio de nuestro pecho nuestros corazones se aceleran y creemos que los hombres no sabemos llorar, pero nuestra vista se nubla, queremos tener nuestras espaldas y brazos mas largos para proteger a nuestros seres queridos y de nuestra garganta fluye una mezcla de súplica y clamor y como recomendación, pedimos calma, pero somos conscientes que la naturaleza está descargando su furia y en esos momentos, en los que se quiebra nuestra razón, aparece la esperanza y alzando nuestros ojos a los cielos vemos la cara de DIOS, que nos mira con piedad, porque a nuestro pueblo, lo ha tocado como siempre, con gran misericordia y en medio de las grandes desgracias que azotan al mundo, en estos últimos tiempos, de grandes inundaciones, maremotos, terremotos, aluviones, somos en alguna forma favorecidos por los aparentes, pequeños daños.
Esos escasos segundos, que parecieron una eternidad, pasaron y en medio de la calma que viene después de la tormenta, comenzamos primero a ver los daños que habían sufrido nuestras bienes materiales, empezamos a dar gracias por nuestra buena suerte porque en medio de nuestra desgracia los males no eran tan grandes y sacando valor nos engañábamos diciendo que felizmente estamos bien y que al fin y al cabo las cosas físicas, en una u otra forma se han de arreglar y los enfermos y ancianos, aquellos que no pueden moverse y que los abandonamos en medio de nuestro terror, se estaban recuperando del susto y no los había pasado nada grave.
Nuestro pueblo chico al fin, en una gran cadena de solidaridad humana, empezaron a pasarse la voz y con palabras de consuelo, trataron de calmarse y encontrar serenidad, las personas mas piadosas regalaban agua de azahares o se persignaban con agua bendita y no faltó uno que otro, en la oscuridad de la noche, que sacaron su clásico trago de aguardiente o mistela y convidaron una copita para calmar los nervios y el susto y entre sollozos y lamentos dábamos gracias por haber sido favorecidos con poca violencia.
Para los que estábamos lejos, seguro que los teléfonos timbraron y nadie era capaz de contestar, o quizás se interrumpió el servicio y los que vivimos añorando el terruño, las comunicaciones, eran casi imposibles y conociendo que estamos tan cerca de Moyabamba y Lamas de donde Radio Programas del Perú anunciaba que había sido el epicentro y cuyo movimiento también se sintió en Lima, teníamos la seguridad que algo malo había pasado en nuestra tierra, pero al fin pasados algunas horas hablamos con nuestros familiares, en los que se apreciaba el momento terrible que habían pasado, sin embargo hubo una autoridad, muy suelto de huesos y con voz serena y con la calma que le regala su puesto,….. aquellos que seguramente, viven en casas construidas con cemento, fierro, que a través de Radio Programas, se encargó de propalar a los cuatro vientos que en Chachapoyas no había pasado nada y que todo estaba normal.
Ahora sabemos que la tragedia no ha sido tan simple, que posiblemente muchas de las viviendas por la parte externa no muestran los estragos que se esconden detrás de sus muros, que los techos con sus tijeras de vigas añosas, sus altillos con magueis y carrizos, amarrados con guanchiles, definitivamente han sido presa fácil de la furia atenuada de la naturaleza, y que las lágrimas y el terror que sufrieron nuestros seres queridos, va a pasar mucho tiempo para que vuelvan a mostrar en la dulzura de sus facciones la tranquilidad de una sonrisa que alimente nuestro espíritu y volvamos a tener la paz que nos regala nuestra tierra bendita.
De todo lo vivido en estas últimas circunstancias adversas, saquemos las cosas positivas que nos enseña la escuela de la vida ya que en el dolor aprendemos a afrontar las dificultades, cuando la suerte nos sacude y nos muestra como en un verdadero espejo lo frágil y la debilidad de nuestro mísero cuerpo que se espanta, corre y huye, sin tener en cuenta que los dolores y las desgracias pasan, y que no son eternos.
Los amazonenses estamos afrontando una nueva faceta en nuestro diario trajinar. Estamos peleando la reconstrucción de nuestras casas y hogares. Hay dificultades que nos quitan el ánimo, que nos deprimen, que nos dan la impresión que estamos solos, pero a veces no entendemos que lo que nos parecen fracasos, son los eslabones de grandes cadenas de solidaridad humana y muy en especial de los miembros de la familia que se unen en un solo corazón y en un solo cuerpo para llevar la vida con un mínimo de tormento y con un máximo de entrega total y satisfacción.
Aprendamos también a sufrir, porque la tristeza no es mala, es un regalo de DIOS y no caigamos en el pesimismo, que si es una enfermedad del alma y del espíritu y sobre todo no perdamos la fe en nuestro Creador, porque siendo hijos de El, jamás nos abandonará. Aprendamos a caminar entre espinas y flores, valoremos lo que tenemos y no lo que nos falta, y si tenemos que llorar, lloremos, pero de pie, trabajando. Seamos como los toros y los leones que mugen y rugen y si están acorralados, arremeten y seamos sobre todo hombres valientes de corazón, que si ruedan nuestras cabezas, aún arrastrándose en el polvo, tengan el valor de no rendirse, porque nosotros los amazonenses, si podemos y jamás nos vencerán.
Jorge REINA Noriega, Cirujano Plástico, “AYUDAME A AYUDAR”